lunes, 14 de marzo de 2011

La tentación, drama de la vida del hombre

La sociedad moderna --ésta cuyo código moral es la publicidad, el consumismo y las pantallas, así la grande como la doméstica, la de todos los días y a toda hora del día y de la noche-- ha perdido, o ha casi olvidado, la idea de pecado. Y si no hay pecado, no hay tampoco ese dilema entre el bien y el mal, entre el si aceptar o no aceptar una propuesta, una invitación. Entonces también la tentación se ha esfumado en las mentes o en las conciencias de muchos, si es que alguna vez descubrieron esa ley natural, esa voz interior llamada conciencia.

Pero el cristiano, al rezar el Padre Nuestro, siempre pide fuerza para no caer en la tentación, porque tiene en su haber, en su pasado, la cuenta de sus caídas. Y si dirige la vista hacia adelante, hacia el futuro --sea cual sea su edad y condición--, se encuentra una y más veces la invitación al mal, ante la delectación en el pensamiento del mal, ante la posible aceptación del mal propuesto.

Las tres tentaciones que el Señor Jesús soportó y rechazó en el desierto, son las mismas proposiciones del maligno para el hombre del siglo XXI. Se pueden presentar en la mínima síntesis de tres verbos: poder, tener, parecer.

Allí entra en juego la libertad del hombre, y puede decir que sí o puede decir que no ante la corrupción de los sentidos, ante las desordenadas apetencias de los bienes terrenos y ante una ciega afirmación de sí mismo contra los imperativos de de la razón. Es la triple concupiscencia denunciada por el evangelista San Juan: concupiscencia de los ojos, concupiscencia de la carne y soberbia de la vida.

Ningún reino de este mundo está libre de la mentira y la falacia.

Se dice que el anacoreta suele retirarse al desierto, no para huír, sino para luchar y vencer al fuerte --demonio, mundo, carne-- con el poder del “más fuerte”.

Nunca se apartará la tentación del verdadero seguidor de Cristo. Y no se crea que las mayores tentaciones son las apetencias de la carne; tremendas, y de alcance mayor, son las de la codicia, y esto se manifiesta en la actualidad con el ambiente de injusticia, de inseguridad, de crímenes. Y mayores las tentaciones de la soberbia, porque suena en los oídos el engaño “seréis como dioses”; y causa grandes sufrimientos la tentación en el claustro íntimo de las propias convicciones, allá cuando se espera la paz interior en su fe y ésta parece arisca, dolorosa.

El desierto que se asoma a la vida del cristiano --hasta Jesús fue conducido al desierto para ser tentado--. tiene esta otra cara: es el mundo de ahora, y el demonio es “príncipe de este mundo” (Juan 12 31), está en todas partes y en todas partes está la invitación diabólica a hacer el mal.

Pero en el desierto --en este siglo XXI--, en todas partes, también está Dios aún para los hombres más abandonados, los que se creen solos, pero con el auxilio divino podrán superar las tentaciones.

Del libro del Eclesiástico viene esta advertencia: “Si quieres emplear tu alma en el servicio de Dios, prepárate para la tentación” (Ecle 2, 1).

¿Cómo prepararse? “Vigilad y orad”, dijo el Señor.

Tomado de Informador.com.mx

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